Acoso y piropo... la sutil diferencia
Por: Pedro Pablo MartÃnez
todamujer.com
El otro dÃa, una amiga que tiene las mejores razones para estar siempre de buenas, me contó una escena que me conmovió. Se encontró en la miscelánea más cercana a un hombre mayor, de esos que ahora quieren llamar adultos en plenitud, muy compuesto, por cierto, y con la amable desfachatez que da la sabidurÃa del tiempo a quienes terminan por entender que el qué dirán es un lastre para la poesÃa.
El buen hombre, muy quitado de la pena, se atrevió a decirle: "Señorita, en mis tiempos solÃamos dar flores a mujeres como usted, vestidas de ese elegante negro, pues nos hacÃan pensar que seguramente en el cielo habÃa muerto alguien tan importante que los ángeles vestÃan de luto". Mi amiga no quiso decÃrmelo, pero estoy seguro de que se sonrojó y no tuvo palabras para corresponder a tan amable atención.
Por si fuera poco, el buen hombre, al ver que el primer paso habÃa producido el efecto esperado, se encarriló en un rosario de citas de Campoamor y con eso de que "yo no sé qué me pasa, que voy donde me lleva el viento y el viento siempre sopla hacia tu casa" o "todo en amor es triste; mas, triste y todo, es lo mejor que existe", se despidió, dejando tras de sà una cauda de vida intensa, misma que se llevó mi amiga consigo y por eso llegó tan contenta a la comida donde hubo oportunidad de reflexionar un poco sobre la materia del piropo.
Más adelante, ya en la tranquilidad de mi estudio, me puse a pensar cuál es el hilo tan fino que marca la frontera entre el piropo y el llamado acoso sexual. Y es que recuerdo que uno de los pocos aspectos desagradables de mi infancia se daba caminando por la calle, cuando mi madre me ordenaba que acompañara a alguna o varias de mis hermanas a algún lado. Como eran seis y todas muy guapas, tenÃa que soportar la vulgaridad soez de cuanto macho atinaba en gritar: "¡adiós, cuñado!" o "¡pásame a tu hermana!", que no dista en tensión del claxonazo a la chica que camina por la calle. O el "pásale, preciosa" del sugerente subgerente, que remarca sus intenciones aviesas al cerrar la puerta de su oficina y parece gozar la indefensión de la empleada.
Después de todo, cualquiera puede pensar que la intención es la misma: la belleza y el atractivo detonan el impulso participativo del macho, pero el matiz de la forma convierte en dos asuntos completamente distintos un mismo fenómeno.
Como por destello mnemotécnico, me vino a la mente una frase emitida por una señora del cine nacional en una escena ad hoc de no sé qué pelÃcula: Julissa sube a un camión o pesero con unos jeans entallados alrededor de su cintura de musa griega, y primero se muestra indignada porque un muchacho guapetón se atreve a no reprimir el impulso de tocar el fin de las espaldas; después, al sentarse, le aclara con una sonrisa más enigmática que la de la gioconda: "Ay, joven, para eso son, pero se piden".
Y creo que ahà estriba la diferencia entre el que dice: "Bendita sea la montaña en la que sembraron el roble del que sacaron la madera con la que hicieron la cuna en la que se meció de niña, antes de ser princesa, la madre que te parió"... y el patán limitado que no puede ir más allá del "¡qué buena estás, güerota!" Aunque hay grados, como el estilo mexicano de hacer a la "damita" caer en el garlito: "¿Qué quieren las palomas? Pues maaasssita�". O cuando viene el asunto de una mujer hacia un hombre, como una ocasión en la que intentaba cruzar una calle y de un camión escolar surgió un coro gritando "¡papadzul!", imprecación ante la cual de entrada me ruboricé, pero terminé riéndome de mi propia ilusión.
No recuerdo en qué momento Flaubert dice algo asà como que basta informar a alguien respecto a la atracción que produce en otra persona, para cambiar la disposición de su ánimo, sobre todo cuando ésta está presente.
Esto me sirve para calibrar que tanto en el caso del acoso sexual como en el del piropo, quien lo recibe se tambalea por el golpe al ego, una de las emociones más difÃciles de manejar. Mientras en el piropo parece casi inofensivo (aunque no lo sea) porque resulta menos amenazante, en el acoso siempre es hiriente, siempre subraya la fragilidad de alguno, siempre incomoda y lastima.
Finalmente, en tanto uno exige atención, el otro hace malabares para llamarla y es por eso que el primero hasta torpe resulta, pues no tiene la menor sensibilidad para entender que tendrá menores posibilidades de éxito quien se desviste mostrando sus vergüenzas, que quien se desvive, como el soldado del cuento de Cinema Paradiso, quien se plantó todas las noches debajo de un farol de una esquina del balcón de su princesa, hasta la número cien, cuando ella finalmente consideró que habÃa hecho suficiente mérito y él ya no quiso humillarse un instante más, sin saber que ella quedarÃa el resto de su vida reclamándose a sà misma no haber apreciado a quien la amaba intensamente, con verdad y para siempre.
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